lunes, 6 de mayo de 2013

El rió ...

Y si, parece que es así  te has ido diciendo no se que cosa, que ibas a tirar al Sena, algo por el estilo, una de esas frases de plena noche, mezcladas de sabana y boca pastosa, casi siempre en la oscuridad o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo del que apenas escucha, por que hace tanto que apenas te escucho cuando dices cosas así  eso viene del otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez me tira hacia abajo. Entonces esta bien, que me importa si te has ido, si te has ahogado o todavía andas por los muelles mirando el agua, y ademas no es cierto por que estas aquí dormida y respirando entrecortadamente, pero entonces no te has ido cuando te fuiste en algún momento de la noche antes de que yo me perdiera en el sueño, por que te habías ido diciendo alguna cosa, que te ibas a ahogar en el Sena, o sea que has tenido miedo, has renunciado y de golpe estas ahí casi tocándome  y te mueves ondulando como si algo trabajara suavemente en tus sueños, como si de verdad soñaras que has salido y que después de todo llegaste a los muelles y te tiraste al agua. Así una vez mas, para dormir después con la cara empapada de un llanto estúpido  hasta las once de la mañana, la hora en que traen el diario con las noticias de los que se han ahogado de veras. 
Me das risa, pobre. Tus determinaciones trágicas  esa manera de andar golpeando las puertas como una actriz de tournees de provincia, uno se pregunta si realmente crees en tus amenazas tus chantajes repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas de lagrimas y adjetivos y recuentos. Merecerías a alguien mas dotado que yo para que te diera la replica, entonces se vería alzarse a la pareja perfecta, con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los ojos para asegurarse el aplazamiento mas precario, para sobrevivir todavía y volver a empezar y perseguir inagotablemente su vedad de terreno baldío y fondo de cacerola. Pero ya ves, escojo el silencio, enciendo un cigarrillo y te escucho hablar, te escucho quejarte (con razón  pero que puedo hacerle), o lo que es todavía mejor me voy quedando dormido, arrullado casi por tus imprecaciones previsibles, con los ojos entrecerrados mezclo todavía por un rato las primeras ráfagas de los sueños con tus gestos de camisón ridículo bajo la luz de la araña que nos regalaron cuando nos casamos, y creo que al final me duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte mas aprovechable de tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los labios lívidos de cólera  Para enriquecer mis propios sueños donde jamas a nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme. 
Pero si es así me pregunto que estas haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la otra mas vasta y mas huyente. Ahora resulta que duermes, que de cuando en cuando mueves una pierna que va cambiando el dibujo de la sabana, pareces enojada por alguna cosa, no demasiado enojada, es como un cansancio amargo, tus labios esbozan una mueca de desprecio, dejan escapar el aire entrecortadamente, lo recogen a bocanadas breves, y creo que si no estuviera tan exasperado por tus falsas amenazas admitiría que eres otra vez hermosa, como si el sueño te devolviera un poco de mi lado donde el deseo es posible y hasta la reconciliación o nuevo plazo, algo menos turbio que este amanecer donde empiezan a rodar los primeros carros y los gallos abominablemente desnudan su horrenda servidumbre. No se, ya ni siquiera tiene sentido preguntar otra vez si en algún momento te habías ido, si eras tu la que golpeo la puerta al salir en el instante mismo que yo resbalaba al olvido, y a o mejor es por eso que prefiero tocarte, no por que dude de que estas ahí  probablemente en ningún momento te fuiste del cuarto, quizá un golpe de viento cerro la puerta, soñé que te habías ido mientras tu, creyéndome despierto, me gritabas tu amenaza desde los pies de la cama. No es por eso que te toco, en la penumbra verde del amanecer es casi dulce pasar una mano por ese hombre que se estremece y me rechaza. La sabana te cubre a medias, mis dedos empiezan a bajar por el terso dibujo de tu garganta, inclinándome respiro tu aliento que huele a noche y a jarabe, no se como mis brazos te han enlazado, oigo una queja mientras arqueas la cintura negándote  pero los dos conocemos demasiado ese juego para creer en el, es preciso que me abandones la boca que jadea palabras sueltas, de nada sirve tu cuerpo amodorrado y vencido que luche por evadirse, somos a tal punto una misma cosa en ese enredo de ovillo donde la lana blanca y la lana negra luchan como arañas en un bocal. De la sabana que apenas te cubría alcanzo a entrever la ráfaga instantánea que surca el aire para perderse en la sombra y ahora estamos desnudos, el amanecer nos envuelve y reconcilia en una sola materia temblorosa, pero te obstinas en luchar, encogiéndote  lanzando los brazos por mi cabeza, abriendo como en un relámpago los muslos para volver a cerrar sus tenazas monstruosas que quisieran separarme de mi mismo. Tengo que dominarte lentamente (y eso, lo sabes, lo he hecho siempre con una gracia ceremonial), sin hacerte daño voy doblando los juncos de tus brazos, me ciño a tu placer de manos crispadas, de ojos enormemente abiertos, ahora tu ritmo al fin se ahonda en movimientos lentos de maure, de profundas burbujas ascendiendo hasta mi cara, vagamente acaricio tu pelo derramado en la almohada, en la penumbra verde miro con sorpresa mi mano que chorrea, y antes de resbalar a tu lado se que acaban de sacarte del agua, demasiado tarde, naturalmente, y que yaces sobre las piedras del muelle rodeada de zapatos y de voces, desnuda boca arriba con tu pelo empapado y tus ojos abiertos. 



                                                      Julio Cortazar. 

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