martes, 6 de junio de 2017

Errores

¿Nunca pensaron todas las cosas que alguna vez hicieron? Esas cosas que realizamos por placer, por rebeldía, algunas hasta en contra de sí mismos, solamente por demostrar o demostrarse que si podían hacerlo. Esas cosas contrarias son las que a veces nos llevan a errar y a lastimarnos. 
Siempre fui ese tipo de chica. Esas que les gusta errar, estar al borde de todo siempre. Llevarme al extremo de cada situación para probarme. Probar hasta donde puedo llegar, que soy capaz de hacer. Suena un poco masoquista, lo sé. Pero es que siempre tuve la idea de que al final de cada situación sería como en las novelas, con un desenlace genial, ejemplar. Pero mi naturaleza se basa, principalmente, en errar. Entonces llego al borde, sé que estoy a punto de caer, puedo sentir como me golpea la realidad en cada paso que voy dando. Esos golpes que tratan de avisarte que estas por cometer un error, que no estas yendo en la dirección correcta. Pero, es que estoy tan segura de que puede ser diferente, que sigo. Sigo y no quiero parar hasta ver el final. Siento que va a ser grandioso como cuando lo imagino antes de dormir. Como cuando estoy bañándome e imagino que me va a decir, lo que me gustaría que me contestara y es tan bueno el final, que algo tan grande crece que no lo puedo parar. Y sé, porque aunque imagine todo como en un sueño, no es mas que eso, un sueño, que voy a errar, se que estoy equivocada con lo que pienso. Que no va a ser así, que las cosas que imagino son solamente chistes de mi propia imaginación hacía mi ilusión. Pero ahí estoy... no dejando nunca de imaginar lo mejor, lo que tanto anhelo que en serio pase. Y sigo. Sigo convencida hacía donde voy, el resultado que quiero conseguir. Y ahí estoy. En el momento exacto donde las cosas pueden llegar a cambiar para siempre, a darme una ilusión de que por fin no me equivoque. Que esta vez si pasó lo que tenía que pasar, lo que quería tanto que suceda. Y sigo. Sigo entusiasmada, aguardando, viendo como lentamente se van dando las cosas, como se va desenlazando la historia que yo misma empecé. 
Y acá llegué. Llegué a este lugar donde hoy no puedo salir. Donde solamente me esfuerzo para levantarme, para respirar un poco mas profundo que ayer y poder sonreír sin que se me note esa tristeza que me hace doler el cuerpo. Y acá estoy. Llena de todo pero completamente vacía de todas y cada una de las decepciones que llegaron golpeándome tan, pero tan fuerte... que todavía me resuena el golpe en los oídos. Tanto que todavía puedo sentir esa sensación de frío en, absolutamente, todo mi cuerpo que hoy... se siente más pequeño de lo que ya es. 
Entonces, llego a este punto donde me tengo que preguntar "¿Qué hiciste?". Me toca mirarme y mirarme con odio. Mirarme sin ganas de ver realmente. Me miro obligada, odiada y asqueada. De mí, de lo que hice, de por quien lo hice. De pensar que perdí tiempo. De volver a sentir que hice algo por alguien o por algo y que esa esperanza quede destruida por completo. ¿Acaso alguien entiende la sensación de sentir fracaso? Hablo de la real sensación de fracaso. No esa que posteamos en las redes para conseguir votos de consuelo. Yo hablo del sentimiento original. Hablo de ese que sabes que te consume, te carcome la cabeza de pensar el porque de tus acciones y del resultado. Ese que te hace doler el pecho de pura bronca contra uno mismo. Y es la peor bronca, es la que te da de saber que pudiste haber hecho más. O mejor aún... pudiste haber parado a tiempo. Pudiste haber parado cuando te dio ese cosquilleo en las manos del mal presentimiento que te avisaba... te avisaba que no lo hagas de nuevo. Te avisaba que estabas mal, pero ahí estas vos de nuevo. Convencida de todo lo que haces y al mismo tiempo tambaleando como nunca porque sabes en el fondo que no tenes idea de lo que te vas a mandar. 
Pero bueno, ¿No? Lo hecho, hecho está, dicen. Ya no podes arrepentirte aunque sentís que es lo único que te sale. Ya no podes cambiar las cosas porque así tenían que ser. Ahora es momento de salir, de superar. De seguir. Y aunque quieras borrarlo, porque sé que te gustaría, como yo también quisiera, no lo hagas. Los errores, para gente como yo que son cotidianos, no los tenemos que olvidar nunca. Y, no. No puedo decir que es para no cometerlos dos veces porque algunos errores nos gusta repetirlos hasta cinco. Solamente, no los olvides. Yo no lo hago. Me sirven para cambiar, para crecer y aprender. Y el trago amargo de la decepción... a veces cuesta que se vaya. Pero estoy segura que siempre, pero siempre... pasa. 

Las cosas que hacemos y las decisiones que tomamos nos determinan muchas veces como personas, quienes somos y hacia donde vamos, por lo menos... eso dicen. Esta bien errar. A veces hay que ser cuidadosos con que o quien elegimos errar porque salimos con heridas que quizás... nos tomen una vida reparar. Pero al final, los errores terminan. A veces aquello que empezamos creyendo error, termina siendo lo mas maravilloso que nos tocó. Y otras... es solo eso, un error. Un error tonto o un error que nos va a marcar de por vida. Sea el tipo de error que sea, hay que asumir la participación en el error y aprender a lidiar, hacernos amigos de los errores. Después de todo... ¿Quién no se equivocó alguna vez?  

No hay comentarios:

Publicar un comentario